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Opinión

El título de un Maestro

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Por: Ruddy Aquino.

Una mañana en París, Francia. Mientras contemplaba la maravillosa obra de acero cuya forma puntiaguda señala hacia el cielo de aquella bella e intranquila ciudad. Se acercó a mí una joven y procedió a darme un fuerte abrazo de manera espontánea y natural. Me quedé perplejo y un poco asustado hasta que entre otras palabras dijo: «…profe, ¡qué gran alegría encontrarlo por aquí!, ¿me recuerda? Tuve la dicha de ser su alumna cuando estaba en segundo grado.»

Realmente no la reconocía pero los datos concordaban con mi primera experiencia docente así que entablamos una breve y emotiva conversación. Me dijo que hace algunos años se fue a vivir a Europa con sus padres, que había tenido muchos maestros pero que seguía siendo yo su profesor favorito. Quizás no todos los alumnos piensen lo mismo pero me hizo reflexionar sobre mi práctica como docente.

Ese abrazo y sus alentadoras palabras me dieron un motor más potente para transitar el camino hacia la enseñanza de calidad mediada por el afecto. La joven no sabe que título he alcanzado, cuanto me he capacitado, no sabe si mi enseñanza está actualizada o sigue siendo tradicional. Quizás ignora el enfoque de mi docencia, no entiende de constructivismo, de técnicas o de estrategias pedagógicas, no le interesa saber si me pagan mucho, poco o si lo hago gratis. Ella era apenas una niña en segundo grado de la educación primaria. Quizás ya no se acuerda de las actividades realizadas en ese entonces. Pero aprendió algo más que contenidos. Aprendió a querer y respetar a su maestro, aprendió a devolver al maestro el mismo amor y respeto que él tuvo hacia ella cuando le enseñaba con el corazón.

«El amor es el medio infalible para enseñar.» No hay estrategia que funcione, ni técnica que pueda ser aplicada con éxito, ni recurso que facilite el aprendizaje. No hay forma de enseñar a nadie sin amor. El docente debe ante todo tener amor por lo que hace, amor por la ciencia, amor por el arte, amor por la naturaleza, amor por la justicia, amor por la cultura, amor por la educación y amor por su nación. Pero sobre todo amor por el que aprende.

Para enseñar de esta forma se necesita un título mayor al que pueda ofrecer universidad alguna. Se necesita inspirar, construir confianza, despertar en el alumno el deseo de aprender y la garantía de ser valorado y respetado en todo lo que sus habilidades le permiten hacer o decir. El docente debe promover la reflexión, la crítica, la autorregulación, la paz y la libertad de expresión. Irradiar afecto, cariño y altruismo durante su labor. De esta forma sus enseñanzas irán más allá del contenido, viajarán más allá de la mente, durarán lo que dura el cariño y el abrazo de un alumno al que vio años después.

«El mayor título de un maestro es el corazón.»

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