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Chinchina busca el tiempo. La musa del poeta Manuel del Cabral.

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Rafael Pineda

Por: Rafael Pineda.

MONTEVIDEO, Uruguay- Amanda Cabral fue la niña que a los 7 años inspiró a su padre, Manuel del Cabral, a escribir el libro “Chinchina busca el tiempo”, considerado por la premio nobel Gabriela Mistral superior a Platero y yo, y uno de los libros más significativos de la literatura castellana.

Esta obra, cuya primera edición fue hecha en mimeógrafo por la Editorial Mayo en enero del 1945 en Buenos Aires, junto a “Compadre Mon”, “De este lado del mar” y “Trópico negro”, catapultó al poeta dominicano que le cantó a la esencia del ser humano, a las cosas simples de la vida, como uno de los cuatro grandes poetas de América.

“…y yo fui su inspiración”, dice Amanda, apodada “Chinchina” porque al nacer era una niña tan “chiquita” que cabía en la palma de una mano, durante una conversación que sostuvimos en esta capital, Montevideo, la que acostumbro llamar “la ciudad de los vientos”, por las fuertes corrientes de aire frio que circulan todo el año.

Chinchina me relató parte de la vida que tuvo junto al poeta padre, cómo era él, quienes fueron los amigos que lo rodearon en Buenos Aires donde se vinculó a figuras de la dimensión de Pedro Henríquez Ureña, Ernesto Sábato, Nicolás de Avellaneda, Quinquela Martín, Jorge Luis Borges, María Belén Luaces, Nélida Pessagno (actual vicepresidenta de la Sociedad Argentina de Escritores) y Ernesto Sábato, con quien tuvo vínculos y admiración recíproca; el autor de Sobre héroes y tumbas le dejó testimonio escrito de su admiración.

Participaba en reuniones de escritores en el Buenos Aires de los años 40 a las que también asistía Borges, pero Chinchina asegura que con el autor invidente de El Jardín de los Senderos que se bifurcan la relación fue diferente: del Cabral no lo soportaba, decía que era soberbio y además un hombre poco original: El dominicano estaba convencido de que Borges le plagiaba sus poemas, y lo rechazaba: “No me hablen de ese plagiador”, solía decir cuando se lo mencionaban. La verdad, eran dos genios difíciles para entenderse o conciliar una amistad.

Con el que se llevaba bien y cultivó una familiar relación fue con el maestro Pedro Henríquez Ureña; éste “le transmitió las enseñanzas de su humanismo”, sostiene la segunda hija y musa inspiradora del rapsoda.

Manuel del Cabral escribía de noche, en máquina y con dos dedos, recuerda Chichina quien fungía como secretaria particular y correctora de sus textos. Argentina significó mucho, casi todo para él; escribió en ese país sus mejores libros.

La edición mimeográfica de “Chinchina busca el tiempo” circuló entre amigos; luego fue creciendo hasta convertirse en libro de texto acogido por el sistema educativo para escuelas de nivel primario de la Ciudad de La Plata.

Ignoro cuantos nuevos lectores tendrá este libro en la República Dominicana, pero a raíz de obtener el Premio Nobel de Literatura la chilena Gabriela Mistral hace la advertencia de que “Algo está en deuda con uno de los mayores poetas de nuestra América presente”, y luego agrega: “Si se me permite la licencia, me aventuro a decir que estos poemas en donde Cabral evoca la infancia, comienzan en la maravillosa prosa de Chinchina busca el tiempo. Pocas veces la poesía americana ha llegado a tanta ternura, transparencia y sentimiento humano como en esta poesía en verso y prosa”.

El destacado académico argentino conocido por su vocación socialista, americanista y antiimperialista Manuel Ugarte, tras dedicarle cientos de horas de estudio, escribió el libro “Cabral, un poeta de América”, sobre su poesía. Ugarte era conocido por una larga trayectoria de compromiso literario y caminos recorridos junto a José Santos Chocano, Amado Nervo, Leopoldo Lugones y Rubén Darío, según lo recordó Carlos M. Romero Sosa en un panel al que asistí en la Feria del libro de Buenos Aires en mayo del 2011, donde intervinieron Nélida Pessagno y Guillermo Piña-Contreras.

El mismo Romero Sosa mide Compadre Mon con el Martín Fierro de José Hernández, considerando que incluso Cabral llega más lejos que el argentino, añorante de pasadas épocas.

Chinchina recuerda los tiempos productivos de su padre: Amaba Buenos Aires y solía escribir de noche cuando regresaba de las movidas culturales de esa ciudad. Escribía a máquina, con 2 dedos. En esa época escribió sus mejores libros y se mostraba orgulloso porque nunca tuvo que pagar las ediciones; le publicaron varias editoriales, especialmente Losada, la misma que le editaba a Pablo Neruda.

La metafísica constituye una de las raíces de sus obras, fundamentalmente presente en el libro “La espada metafísica” donde da cuenta que Simón Bolívar, mientras cabalgaba, sostenía diálogos filosóficos y políticos con su caballo.

En la novela El presidente negro predijo que en los Estados Unidos sería elegido un gobernante de ese color, cosa que, dada la discriminación racial, se veía como imposible, y se produjo el 2008 con la juramentación de don Barak Obama.

Contrario a casos como el de Pablo Neruda, Pedro Mir, Pablo Picasso, Tulio H. Arvelo, Rafael Alberti o Silvano Lora que fueron militantes comunistas; a la socialista Idea Vilariño, y a otros notables intelectuales del siglo XX que asumieron posiciones de compromiso político, cito a Antonio Machado, Juan Gelman, Mario Benedetti, Eduardo Galeano, siendo los casos más emblemáticos el de Neruda, que llegó a ser senador de Chile y candidato presidencial, y el de Silvano Lora, candidato comunista a la alcaldía de Santo Domingo.

En cambio, Manuel del Cabral fue un poeta sin militancia conocida, pero se destacó por ser un hombre de avanzado pensamiento social; sin estar comprometido, no se lavó las manos y asumió el rol de poeta comprometido con su tiempo. En su extensa poética no hubo resquicio para la indiferencia.

Autor de una poesía coherente, crítica, no panfletaria, irónica, enfilada contra las injusticias, en defensa de los humildes, del obrero, del cañero. Su creación estuvo elevada al nivel de los mejores poetas sociales de ese siglo.
Muchas veces me pregunté cómo pudo él, con ese pensamiento social, ser representante diplomático de una de las tiranías más feroces de América Latina.

La conversación con Chinchina aclarar mi conflicto: Manuel del Cabral fue un hombre que hizo lo que quiso, no le importaron el poder ni el dinero ni lo que pensaran los demás. Hizo la vida conforme a lo que pensaba, no a lo que trataran de imponerle la familia, el régimen político o las circunstancias de pertenecer una clase social rodeada de privilegios.

El poeta pertenecía a la aristocracia dominicana del siglo XX. Era el tercer hijo de Mario Fermín Cabral y Báez, senador por Santiago de los Caballeros, tres veces presidente del Senado de la República entre 1914 y 1955 y uno de los principales colaboradores del régimen de Trujillo.

Además, es hermano de Altagracia, la adolescente que por largos años se autoexilió de la República Dominicana y que, ya una mujer, trabajó como traductora oficial del Senado; la misma que el escritor Mario Vargas Llosa pone, bajo el nombre de Urania Cabral, como personaje principal de la novela “La fiesta del chivo”.

El senador, identificado en “La fiesta del chivo” como “Cerebrito”, quería que su hijo fuera abogado. Pero Manuel era el vástago rebelde, quería ser poeta y marchó a Nueva York en busca de su sueño. Allí trabajó como obrero. Un día su padre lo convenció para que aceptara ser parte del Servicio Exterior Dominicano; así fue como, el 1937, con el rango de secretario de primera clase, zarpó desde la urbe neoyorkina para Buenos Aires, la ciudad donde se encontró con su destino.

En 1940 se casó con la ciudadana Alba Rosa Cornero; tuvieron que viajar a Uruguay para la boda porque en Argentina no existía la ley de divorcio. De ese matrimonio nacieron cuatro hijos: Amelia, Amanda, Peggy (actual embajadora en Roma) y Alejandro (presidente de la Fundación Manuel del Cabral).

De Buenos Aires fue transferido a Colombia donde, recién llegado, lo sorprendió el Bogotazo el 9 de abril de 1948 teniendo que salir ante el inesperado brote de violencia política, con destino a España; de allí a Brasil, y otra vez de vuelta a Argentina.

En ese país estuvo hasta que el 16 de setiembre del 1955 se produjo en Argentina un cruento golpe de Estado; cae el gobierno, se instala una dictadura cívico militar; se rompen las relaciones diplomáticas y Juan Domingo Perón pide asilo en la República Dominicana.

Manuel del Cabral se ve en el dilema de tener que regresar a su país con 2 hijas adolescentes y una esposa bella. Regresar significaba exponer su familia a los caprichos de Trujillo (“el jefe”); entonces decide renunciar al Servicio Exterior; pide asilo político en argentina, asumiendo los riesgos que ello implicaba. Ante esa decisión, su padre, Fermín Cabral, renuncia públicamente a la paternidad del hijo rebelde.

Omitido paternalmente, permaneció, junto a su mujer e hijos, refugiado en Argentina. En 1963 se instauró la primera democracia dominicana con la presidencia del profesor Juan Bosch quien lo designa embajador en Chile. Siete meses después un golpe de Estado saca del poder a Bosch, se produce una rebelión popular y Estados Unidos ejecuta su segunda intervención armada contra la República Dominicana.

El poeta, indignado por ver miles de soldados extranjeros invadiendo a su isla pequeña, escribe en Chile el emblemático libro “La isla ofendida”. Poco después el gobierno de facto, encabezado por un Consejo de Estado, toma represalia contra él y lo destituye. Regresa a la Argentina donde permanece sin empleo hasta el 1966 año que Joaquín Balaguer, instalado en el gobierno por las fuerzas de ocupación, le devuelve la plaza en Buenos Aires con el rango de ministro consejero.

En los 80 regresa definitivamente a la República Dominicana donde, el 1992, a los 85 años, recibe el Premio Nacional de Literatura.

Amanda (Chinchina) retiene lindos recuerdos de su padre, fallecido el 14 de mayo de 1999. Dice que su vida junto a él fue diferente a la de los demás niños porque no fue un hombre común, y porque le enseñó los valores intrínsecos de la libertad.

En estos días que se conmemora el 112 natalicio de Manuel del Cabral, ha sido muy importante recordar junto a su hija, café caliente por medio, a quien, como dijera María Belén Luaces, “es junto con Neruda, Vallejo, Huidobro, Guillén y otros tan renombrados, uno de los cimientos en que se sostiene la más alta poesía iberoamericana de nuestro tiempo”.

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La Senaduría de San Juan es un asunto de Dos

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José Manuel Adames

Por: José Manuel Adames Sánchez.

La lucha por la Candidatura Senatorial en San Juan, es cosa de dos nombres, dos géneros, dos fuerzas y líderes, lo contrario es una pobre tenue.

Hay que ser muy loquito, ciego, comparón, o arriesgado para desconocer que todo corre entre la licenciada Lucía Media y el Ing. Félix Ramón Batista, los padrinos son el Presidente Danilo Medina y el ex-presidente, Dr. Leonel Fernández.

Quién se meta por aventura o por sueños quiméricos, podría pagan con creces meterse entre las patas de esos corceles, sobre todo cuando aviven la toma de espacios y la marcha del tiempo.

Indudablemente que es una lucha de muchas armas letales, para vender y quién no cuente con máscaras especiales y poder, simplemente podrían desfallecer en el mismo campo de batalla, donde se advierte emplazarán hasta Gas Napalm.

Todo esto es posible, pues siempre se ha establecido que lo más parecido a la guerra, es… » La Política «…!!

La Provincia San Juan, hoy tiene claramente dos gladiadores en la lucha interna del PLD, Lucía y Félix, un tercero sería un intruso y como tal, podría ser tratado, mejor dicho como en Haití, juzgan a los cuatreros… “Le Prenden Fuego en el Trasero «.

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Mis Recuerdos de la Guerra de Abril

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Rafael Pineda

Por: Rafael Pineda.

MONTEVIDEO, Uruguay- El 24 de abril del 1965, día que empezó la revolución, yo era un muchacho que no había cumplido la mayoría de edad.

Vivía en la calle José del Carmen Ramírez detrás del parque José María Cabral (llamado socarronamente “Parquecito de los burros”, por causa de un pasado fundacional que no había sido olvidado). Era una plaza del tamaño regular de una cuadra, ornamentada con un arbusto que produce una flor de rojo intenso a la que llamábamos “sangre de Cristo”; ahí nos reuníamos los muchachos de ese barrio.

En recuerdo lejano la memoria me transmite la información de que era más o menos pasado el mediodía cuando, en el radio Philips de mi madre escuché las vibrantes exhortaciones patrióticas del locutor Luis Acosta Tejeda y la potente voz de José Francisco Peña Gómez haciéndole el llamado a todo ciudadano que se sintiera identificado con los ideales de la Constitución del 63 y con el retorno de Juan Bosch al poder, a manifestarse en las calles, concentrarse en las plazas públicas y esperar las instrucciones del movimiento insurreccional recién iniciado.

Tras 121 años de dictaduras la República Dominicana tuvo con Juan Bosch un primer gobierno democrático, respetuoso de los derechos humanos, con una auténtica plataforma de desarrollo económico, educativo, científico, industrial y cultural.

Su cautivante discurso lleno de imágenes realistas, sus novedosos enfoques sobre la confrontación entre el “tutumpote” y el “hijo de machepa”, su desbordante carisma, el vínculo diario con el pueblo, la sabiduría que transmitía acumulada por el contacto con la obra de Eugenio María de Hostos y Juan Jacobo Rosso, el acercamiento con la Ilustración y con los ideales de la Revolución Francesa, hicieron que, a su retorno tras largos años de exilio en Bolivia, Chile, Cuba, Puerto Rico, Guatemala, Venezuela y Costa Rica, los dominicanos lo viéramos como el Mesías que traía la redención a los oprimidos.

Era lo mejor que había pasado desde el nacimiento de la República. Pero la Iglesia, la oligarquía y el gobierno de los Estados Unidos asumieron la tesis de que ese hombre tan carismático con tanto conocimiento y dominio de la historia, era peligroso para un país con una tasa tan alta de analfabetismo.

Vieron a Bosch como un riesgo para sus intereses y estrangularon con un golpe de Estado militar el primer sueño democrático de los dominicanos. Desde entonces reinaron la frustración y el caos.

Eso ocurrió la madrugada del 25 de setiembre del 1963 siendo John F. Kennedy presidente de los Estados Unidos y ahora, 19 meses después, aquí estaba el poder popular tomando las armas y las calles de Santo Domingo, ejerciendo su soberanía, instaurando de nuevo la legitimidad de la Constitución que se había dado y devolviéndole el gobierno al hombre que mejor lo había representado.

Mientras en Santo Domingo el pueblo armado derrotaba en Ciudad Nueva, en la Batalla del Puente Duarte y en la Fortaleza Ozama a los militares golpistas, en San Juan, y en toda la República, las multitudes se acantonaban. Así hasta el 28 de abril cuando entraron por las ensenadas del Puerto de Santo Domingo miles de soldados estadounidenses dispuestos a ahogar en sangre el destino de los dominicanos.

Tomé en serio las palabras de José Francisco Peña Gómez y, aprovechando un descuido de mi madre y de mi abuela, dejé la radio encendida y salí a la calle, tomé la avenida Anacaona hasta la avenida Independencia dirigiéndome al Parque Sánchez.

Caminaba rápido, unas veces corriendo y otras trotando, emocionado porque se iba a restablecer la constitucionalidad. Vi a miles de hombres, mujeres, jóvenes, niños, saliendo también de sus casas y uniéndose a la avalancha humana que gritaba las consignas “Ni un paso atrás”, “Fuera yanquis de Quisqueya”, “Constitución”, “Juan Bosch al poder”.

En el Parque Sánchez, estaba reunida la multitud. Los liceales tomaron el control del movimiento. Sobresalían los rostros de César Bautista, Frank Fernández Sánchez (La Bollinca) Teófilo Bello, Manuel Herrera (Manuel Los Hierros), Papo (“Bazuca”), “Aguilita” Paulino, José Nicanor de la Rosa.

Después de varias horas de espera entre argumentación y consignas pidiendo el retorno de Juan Bosch al poder y la aplicación de la Constitución, uno de los oradores informó que el coronel Pérez Guillén, comandante de la Tercera Brigada del Ejército, se puso del lado del pueblo y que iba a entregar las armas bajo su control.

Había que procurar esos hierros y la multitud enardecida se volcó hacia allá. Estuvimos varias horas frente al recinto militar esperando que se abrieran las puertas. Tras una larga espera un mensajero informó que el coronel estaba esperando un poco más de tiempo, quería que las cosas se definieran mejor antes de entregar las armas y pedía a la multitud que por favor tuvieran paciencia.

¿Paciencia? Empezamos a tomar las calles de nuevo, entramos por la 16 de agosto hasta la Mariano Rodríguez Objío donde se detuvo la marcha. En el techo de una lujosa residencia situada en esa esquina había una poderosa antena.

Dijeron que en esa casa funcionaba un centro de espionaje y que desde allí le mandaban mensajes cifrados a las tropas invasoras. Hasta el último minuto de ese día hubo intento por atacar esa casa, hasta que llegó alguien a persuadir a la multitud de que quien allí vivía era un señor de apellido Herrera, un inofensivo hombre de negocios.

Entonces volvimos al Parque Sánchez donde esperaban los camiones que, para trasladar a los que irían a Santo Domingo a combatir, había puesto al servicio de la revolución el comerciante español residente en Juan de Herrera Emiliano Hernández. Monté en uno de esos camiones pero, a pesar de que estaba próximo a cumplir los 15 años el aspecto físico me hacía parecer más joven y los adultos me obligaron a bajar.

Ellos se fueron a cumplir con su deber y yo quedé en San Juan escuchando por la radio el desarrollo de los acontecimientos, los mensajes que desde la zona de guerra transmitían los locutores combatientes, Fredy Beras Goico, Rivera Batista, Acosta Tejeda, Franklin Domínguez, Mario Báez Asunción, Ercilio Veloz, Plinio Vargas y otros.

En una reciente conversación con mi compueblano Teófilo Bello (“Pipiro”), quien al momento de comenzar la insurrección era el presidente del Sindicato de empleados del comercio, y quien se convirtió en uno de los comandantes de la guerra, me contó que a su llegada el grupo de sanjuaneros se integró al Comando B-3, pasando luego a ocupar unas instalaciones propiedad de Moro Peña en la calle Hernando de Gorjón. Así, asesorados por el comandante Héctor Lachapelle Díaz, se conformó el Comando Sanjuanero, distinguiéndose entre sus miembros los combatientes Guillermo Bautista, Hungría Mesa, Rafael y Aguilita Paulino, Juan Bautista Valenzuela, Juanín Cofresí, Fernando Oviedo y Mario Terrero (éste acompañó al comandante Francis Caamaño hasta su último combate en febrero del 1973).

El pueblo dominicano tuvo por segunda vez en un lapso de 49 años, que enfrentar con piedras, espejos y bombas molotov, al Ejercito más grande del mundo. Me contaba Teófilo Bello que las armas de calibre pesado utilizadas por el improvisado Ejercito popular, eran las que les iban quitando al enemigo.

El 31 de agosto del 1965 se le puso término a la guerra mediante la firma de la denominada “Acta de Reconciliación”, la cual devino en un engaño que frustró las esperanzas de aquella generación y provocó un nuevo alzamiento del coronel Francis Caamaño en 1973.

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La Revolución de Abril de 1965

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Rubén Zabala Moreta

Por: Rubén Moreta, M.A.

En la Revolución del 24 de Abril del 1965 militares progresistas dominicanos, junto al pueblo, cincelaron una unidad monolítica que persiguió reinstalar en el poder al Presidente Juan Bosch, infelizmente derrocado en el 1963, cuando llevaba siete meses en el poder.

Esta epopeya, cuatro días después de iniciadas las acciones, mutó a guerra patria, por la odiosa invasión norteamericana.

La revolución de abril produjo más de seis mil víctimas dominicanas, pero el pueblo sin rendirse, luchó como fiera en contra el imperio militar y político más grande del mundo, los Estados Unidos de Norteamérica.

El coronel Rafael Fernández Domínguez fue el fundador y organizador del movimiento militar constitucionalista dentro de las Fuerzas Armadas. Develado su propósito fue exiliado y delegó las tareas conspirativas en el Coronel Miguel Ángel Hernández Ramírez, de todo lo cual estaba enterado el Profesor Juan Bosch, exiliado en Puerto Rico. Pero quien concluyó como líder de la Revolución Constitucionalista fue el coronel Francisco Alberto Caamaño Deño.

Antecedentes de la Revolución de Abril del 1965.

El ascenso al gobierno del Profesor Juan Bosch marcó el inicio de la democracia dominicana, tras padecer una dilatada y oprobiosa dictadura de treinta y un años. Las elecciones ganadas por Bosch se celebraron el 20 de diciembre 1962, tomó posesión el 27 de febrero del 1963 y siete meses después, -el 25 de Septiembre de ese mismo año-, su gobierno fue derrocado por un golpe de Estado.

Tras el golpe de estado, se instaló en el gobierno un Triunvirato, y se juramentó como Presidente del mismo el abogado sanjuanero Emilio de los Santos, quien era el Presidente de la Junta Central Electoral, y le había entregado el certificado de elección al Profesor Juan Bosch como presidente constitucional.

El ansia de libertad del pueblo dominicano constituyó la mayor razón para el triunfo electoral y ascenso al poder del Profesor Bosch. La sociedad dominicana deseaba vivir en democracia y libertad, pero el gobierno de Bosch fue erosionado por la conspiración de los remanentes del Trujillismo, junto a un sector del clero católico, a la gran burguesía y elementos de la pequeña burguesía urbana nucleados en el Partido Unión Cívica Nacional, contando con el respaldo expreso del gobierno de los Estados Unidos, a través de su Embajada en el país.

Esos sectores lograron subvertir y quebrantar el orden constitucional, a través de un sacrílego golpe de Estado, que quebró la institucionalidad, sacó del poder a Bosch, produjo su exilio e hiere mortalmente la bisoña democracia.

Los niños y jóvenes del siglo XXI deben saber que el gobierno de Bosch constituyó el primer ensayo genuinamente democrático de la historia política dominicana del siglo XX, lo cual se demuestra en las reformas sociales y políticas públicas trascendentes iniciadas en el manejo institucional del Estado, la administración de la economía y las Finanzas Públicas, el respeto de los derechos humanos, la transparencia, la garantía de las libertades civiles, la modernización del Estado, el diseño y aplicación de políticas sociales focalizadas en sectores vulnerables, como la niñez, los envejecientes y las mujeres.

El derrocamiento de Bosch, quien había obtenido un respaldo popular cercano al sesenta por ciento de los votos, generó un gran malestar social y político. Varios grupos comenzaron a condenar el golpe de estado y a reclamar el retorno de Bosch al poder. Una de las acciones más contundentes fue el alzamiento del Movimiento Revolucionario 14 de Junio el 29 de noviembre del 1963.

El líder de este movimiento guerrillero fue el Dr. Manuel Aurelio Tavares Justo (Manolo), quien inició una guerra de guerrillas en seis frentes guerrilleros:

. Las Manaclas en San José de las Matas

. La Horma en San José de Ocoa

. La Berrenda de Miches

. Loma La Colorada, en San Francisco de Macorís

. El Limón y la Escalera en Puerto Plata

. Los Lindos de Enriquillo, en la Sierra del Bahoruco

Manolo y los catorce integrantes de su comando en Las Manaclas, tras rendirse, fueron ejecutados, lo que provocó consternación nacional y la renuncia del triunvirato del sanjuanero Emilio de los Santos, siendo sustituido por Donald Reid Cabral.

Aunque este movimiento fracasó, el espíritu de sacrificio de los hombres del 14 de junio fue un gran estímulo para continuar la lucha por el restablecimiento del gobierno constitucional de Juan Bosch.

Contexto de la Guerra de Abril:

En el mes de abril del 1965 se había expandido al interior de las fuerzas armadas y la policía la necesidad de reinstalar en el poder al derrocado Juan Bosch. El 24 de abril del 1965 los oficiales constitucionalistas llaman al pueblo a unirse y luchar con ellos por el retorno a la constitucionalidad, le entregan las armas, y el pueblo se organiza en comandos urbanos, desarrollando una gran guerra de guerrillas, fundamentalmente en Santo Domingo.

Aprovechando la confrontación cívico-militar interna, por segunda ocasión en el siglo pasado, los Estados Unidos de América produjeron una invasión a la República Dominicana. El 28 de abril, cuatro días después de iniciadas las hostilidades, 42 mil soldados norteamericanos invadieron suelo dominicano. Esta invasión fue una odiosa intervención imperial, rechazado por todos los demócratas del mundo, pero groseramente avalada por la Organización de Estados Americanos (OEA), que desde su nacimiento ha estado al servicio de los intereses norteamericanos.

A partir de esa odiosa invasión, la revolución de abril alcanzó la estatura de Guerra Patria, porque el pueblo unido rechazó y luchó en contra de la presencia extranjera de soldados que pisoteaban la dignidad nacional.

En este 54 aniversario de la Revolución de Abril Honor y gloria a los coroneles Fernández Domínguez y Francisco Alberto Caamaño (hijo del sanjuanero Fausto Caamaño) y honor a los soldados constitucionalistas que defendieron con gallardía la dignidad nacional.

El autor es Profesor UASD.

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