Además, el trabajo de cuidados está atravesado por lógicas alienantes, quien cuida pierde control sobre su tiempo, sobre su propio cuerpo y, muchas veces, sobre su proyecto de vida. La sociedad se beneficia del trabajo de quienes cuidan, pero rara vez lo reconoce. Por eso, hablar de cuidado no es hablar de virtudes morales, sino de derechos, responsabilidades colectivas.
República Dominicana: Cuando reducimos el cuidado a un acto natural de entrega afectiva, invisibilizamos que es un trabajo: duro, continuo, desgastante y profundamente feminizado. Esa mirada romántica sostiene la idea de que “cuidar es cosa de mujeres” y justifica que millones de mujeres —en hogares, hospitales, estancias, y como trabajadoras domésticas— carguen con jornadas interminables sin reconocimiento ni remuneración justa. No es amor: es trabajo, y uno que sostiene al mundo.
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Además, el trabajo de cuidados está atravesado por lógicas alienantes, quien cuida pierde control sobre su tiempo, sobre su propio cuerpo y, muchas veces, sobre su proyecto de vida. La sociedad se beneficia del trabajo de quienes cuidan, pero rara vez lo reconoce. Por eso, hablar de cuidado no es hablar de virtudes morales, sino de derechos, responsabilidades colectivas.
Necesitamos democratizar los cuidados: repartirlos entre el Estado, las familias, las comunidades y el sector privado, porque no es sostenible que una sola persona.
Hoy vivimos una crisis global de los cuidados: poblaciones que envejecen, más dependencia, más enfermedades crónicas y menos tiempo disponible en los hogares. Si no hay políticas públicas robustas —licencias, servicios de apoyo, corresponsabilidad, infraestructura social del cuidado— seguiremos reproduciendo desigualdades. El cuidado debe salir de la esfera privada para entrar al centro del debate público.
No necesitamos más discursos de amor: necesitamos sistemas nacionales de cuidados que dignifiquen el trabajo y garanticen que cuidar no cueste la vida.
Por Sylvana Marte, Filósofa, Servidora Púbica y Periodista
