De Caracas a RD: el viaje de una madre y su hijo hacia la esperanza

“No me quejo. En mí vive el recuerdo de mi país. He aprendido a valorar lo que tenemos, a no tomar las cosas en negativo, sino como aprendizajes. Porque si no, uno se deprime”, dice con una voz firme y dulce a la vez.

SANTO DOMINGO, REPUBLICA DOMINICANA.- En el año 2017, María Durán empacó su maleta, papeles, y a su hijo de doce años y se fue de Venezuela. Había recibido una oferta para ejercer su pasión: la enfermería. Con esperanza cruzó el mar con la certeza de que lo hacía por amor, como sólo las madres saben hacerlo.

No fue fácil. Su hijo, que venía con la ilusión de seguir su camino como futbolista profesional, pronto se enfrentó a la cruda realidad: República Dominicana es tierra de béisbol. El fútbol aquí no tiene la estructura, ni los estadios.

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Pero María, que había aprendido a curar a pacientes en hospitales de Caracas, no se rindió.

Cambió el rumbo sin perder el norte. Incentivó a su hijo a estudiar inglés, lo llevaba todos los días y sembraba en él la esperanza de un futuro mejor. Gracias a un profesor que creyó en él, el niño comenzó a participar en programas de liderazgo promovidos por el Ministerio de Educación.

Hoy su hijo es bilingüe y forma parte del Programa de Liderazgo Educativo, donde es un joven líder que ha representado a la República Dominicana en escenarios internacionales. El más reciente, la Cumbre Climática de la Juventud en Brasil, 2025, donde llevó la voz de su generación con orgullo y compromiso.

Sin embargo, para María, lo más importante es que su hijo forme parte de un colectivo que inspira a otros jóvenes a descubrir su poder.

Ser madre migrante y soltera no ha sido un camino de rosas.

“No me quejo. En mí vive el recuerdo de mi país. He aprendido a valorar lo que tenemos, a no tomar las cosas en negativo, sino como aprendizajes. Porque si no, uno se deprime”, dice con una voz firme y dulce a la vez.

Enfermera de corazón

Uno de los mayores retos de emigrar fue adaptar su profesión a un nuevo sistema.

“Al principio me costó. El sistema de salud en Venezuela era de primer mundo. Aquí también hay profesionales excelentes y tecnología avanzada, pero se debe fortalecer lo humano”, confiesa.

Para María, ser enfermera no es solo colocar una inyección o dar una pastilla, sino también tener la capacidad de sanar desde el alma.

“Una enfermera debe tener un crecimiento espiritual que se transmita al paciente’.

Habla de República Dominicana como un país extraordinario. Cree que los venezolanos no llegaron solo a buscar una oportunidad, sino también a construir, a dejar huellas, a ser parte del cambio.

Y cuando habla de su hijo, su voz se quiebra en llanto “Él ha sido mi maestro. Ha hecho un trabajo extraordinario como líder. Gracias a él, yo también he cambiado. Doy gracias a Dios por sus logros, pero sobre todo por los internos. Es un ser hecho para la humanidad”, dice, como si repitiera una oración.

A las mujeres solteras y migrantes les dice: “Sigan adelante. No se detengan. Mantengan la integridad».

FUENTE: https://noticiassin.com/

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